Mis dedos no fueron hechos para los anillos. Tal vez no les gustan las ataduras. Tal vez tienen miedo al compromiso. Tal vez. Lo cierto es que cuando me atrevo a ponerme uno, tengo que estarlo cambiando constantemente de dedo o comienzo a sentir malestar físico. Tanto tiempo deseé un anillo. Quizás no tanto, pero lo quise y eso es suficiente para que la espera que sea parezca más larga de lo que es. El caso es que ahora no sé dónde ponerlo para que no me estorbe. Es un anillo lindo. Es un anillo raro. Es un anillo especial. Al principio pensé que me acostumbraría con el tiempo a ese constante recordatorio de que lo traigo puesto. Pero no. O tal vez no ha pasado lo suficiente, aunque parece más por el sentimiento de molestia. Maldita tendencia del tiempo por alargarse en los momentos más incómodos y desvanecerse en los más satisfactorios.
Me gusta ver mis manos y que esté ahí. Me gusta verlo y que la gente lo note y me lo diga. Pero por la noches, cuando me voy a dormir, viene ese instante de liberación en que lo pongo en la mesa o junto a la cama e instantáneamente soy yo. Soy libre y mis manos y mis dedos no tienen que seguir la infinita pelea de quién carga el peso esta vez. Y al mismo tiempo, en el constante cambiar de lugar, el portador abandonado siente esa especie de vacío de lo que estuvo y ya no está. Es un alivio y un echar de menos simultáneo. Queda el fantasma del anillo y ya no es lo mismo de antes. Lo quiero y ya no lo quiero.
Quién entiende a las mujeres, a los hombres, a los dedos y a la joyería.
Todo es absurdo e incomprensible.